31 de diciembre, una agradable noche en clima cálido, el cielo
despejado, con muchas más estrellas de las que se observan hoy día en la ciudad,
fue en una pequeña finca, al lado de la piscina en una especie de salón abierto,
en una mesa jugando un juego de cartas con una de mis cuñadas y con mis
pequeñas sobrinas, quienes se encuentran en esa curiosa edad en la que del todo
no se es niño, pero se está lejos de ser un adulto; esa edad en la que uno se
preocupa por mucho y por nada; edad en la que los comentarios inocentes y
despreocupados empiezan a encontrar murallas.
Un computador conectado
a unos potentes bafles que no sonaban del todo bien, repetía insistentemente
música tropical de los años 60’s y 70’s del siglo pasado; y que para mis
pequeñas sobrinas resultaba tan distante, extraña e ininteligible como una
señal anómala en el SETI. Cuando la
tanda musical emitida por el computador
portátil se acercaba a su clímax de aburrimiento y cuando la calidad de aquel sonido
empezaba a descender en picada, no muy lejos hacia su aparición uno de esos
personajes típicos de las festividades colombianas, que podríamos denominar “el
sabrosura”.
“El sabrosura” es aquel tipo con una ebriedad acumulativa la
cuál se ha mimetizado con su personalidad; es el típico personaje entre los 40
y 60 años, que se caracteriza entre otras cosas porque en tierra caliente gusta
de andar sin camisa para mostrar su bronceado de rana platanera, de piel
tendiendo a roja cuando “el sabrosura”
es oriundo de climas fríos; o que muestra su incipiente pelo en pecho
cuando “el sabrosura” es oriundo de
climas cálidos. “El sabrosura” es aquel
tipo que con un par de cervezas se transforma en un “chévere-agresivo” que
piensa que aún tiene 20 años; que como máximo gesto de bondad es capaz de
regalar a los niños un paquete de papas o una Colombiana, nunca los dos; y cuyo
objetivo principal, considera él, es mantener prendida la rumba, pues se ve a
si mismo como el alma de la fiesta.
Como era de esperase “el sabrosura” cerveza Poker en mano se
hizo cargo del sonido del computador y con un torpe movimiento de manos logró
hacer que el computador portátil emitiera a través los bafles un ensordecedor estruendo,
seguido por una canción de pastor lopez.
Al escuchar aquella estridencia, las niñas con aquel desdén propio de
los comentarios juveniles, soltaron un ¡huy que horrible! Y en ese momento “El
sabrosura” en un valeroso intento por mantener el ambiente propio de las festividades
dijo, con todo su espíritu “chévere-agresivo”, “¡ME IMPORTA UN CULO SI ESTÁ
HORRIBLE, PERO ESTAMOS EN NAVIDAD!”


