De nuevo me subo a un bus después de una larga jornada de
trabajo, pago de con un billete de dos mil pesos el pasaje del bus que cuesta
1450 pesos. Muy amablemente el joven
ayudante del joven conductor me dice “disculpe no tiene 50 pesos y le doy 600
de cambio, es que no tengo monedas de 50” en vista de su amabilidad le dije
“tranquilo”, y el joven muy amablemente me devolvió 500 pesos. Una calle más
adelante se sube una muchacha, y el joven ayudante, de nuevo de la manera más
cortes, le dice “disculpe niña no tiene 50 pesos y le doy 100, es que no tengo
monedas de 50”; ella esboza una sonrisa y le dice “tranquilo dejé así”. Dos calles más adelante se sube un señor de aproximadamente
60 años su ropa, su piel y su cabello llenos
de residuos de cemento y pintura; de nuevo el joven ayudante con su
acostumbrada cortesía le dice al señor que si no tiene 50 pesos pues él se
quedó sin monedas de 50, el señor haciendo
levemente un gesto de inconformidad le dice “tranquilo amigo deje así”. Varias calles atravesamos en el bus, y muchas veces el cortés y cándido joven
recibió los 50 pesos de los pasajeros porque infortunadamente se encontraba sin
monedas de 50.
El bus se detiene y lo aborda un hombre de aproximadamente 30
años, joven, con su vestido de paño negro a rayas, una camisa blanca, y una corbata
roja con unas finas líneas negras en diagonal, el cabello “engominado” a pesar
de lo entrado de la tarde y una actitud muy “educada”, sin lugar a dudas todo
un oficinista.
Nuestro joven amigo, el ayudante del bus le dice con su
acostumbrada cortesía “¿vecino no tiene los 50 y le doy 600?, es que no tengo
monedas de 50”. El oficinista con una
sonrisa de amabilidad le dice “¿y por qué no me da mejor 500 y deja los 50 a mi
favor?”. El ayudante, abriendo los ojos
como dos enormes platos y con toda su incredulidad dice “¿QUÉ?”, el oficinista
con una actitud muy calmada y paciente le explica, “si, mire, yo no le doy los
50 y usted en vez de darme los 550 que me corresponden, me entrega 600 pues se encuentra sin monedas de 50”; -no, no, no,
responde el ayudante, “deme los 50 y yo le doy 600”. A lo que el oficinista indignado responde, “mejor
devuélvame la plata y yo me bajo acá”
Cambiando completamente su rostro y desvaneciendo totalmente
su amabilidad, el ayudante empieza a alzar la voz “HAY NO PUES, QUIEN LO VE
TODO BIEN VESTIDO, TAN ELEGANTE Y TAN MISERABLE, ¿se va a pelear por 50 lichigos
pesos” , “Nooooooo es que si hay gente muy miserable”; y mirando a los
pasajeros dice “entre mejor se visten más porquerías, no, no, no, y lo peor es
que por miserables 50 pesos, nooooooo”
En la siguiente calle se sube una señora y el ayudante con
toda la amabilidad le dice “mona, ¿no tiene 50 pesos? Es que me quedé sin
monedas…”

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